enero 19, 2009

Díaz en casa.


La gente me mira extraño cuando les digo que para esta semana no tengo planes porque estoy en mi "periodo de enmimismamiento" y ahora siento extraño que no sea normal que la gente pase o requiera pasar (lo considero una necesidad) de estar solo, con uno mismo.
Entonces, como soy un ser extraño porque necesito pasar algún tiempo sola (nótese la simplicidad del silogismo), lo he aprovechado, no sé si tan a concho, porque tampoco me ha resultado mucho, pero al menos coincidió con que mi familia se fuera al sur y yo me quedara de ama de casa (que todavía no puede ordenar su pieza).

En verdad, a lo que quería referirme era que, con mi tiempo de soledad, aprovecho de salir a pasear por el barrio con mi perro (el perfecto compañero, como sabrá usted, que mueve más la cola que la lengua) y, de paso, de recrear un poco las ideas. De lado queda decir que tengo terribles ganas de escribir, pero cada vez pierdo más la costumbre, estoy por hacerle caso a Vila Matas y ponerme a escribir, describiendo cualquier cosa; por otra parte, la sensibilidad tampoco es la misma a la que tuve cuando anduve enamorada entre octubre y noviembre, en que mi mente creaba al mil por ciento y de eso, ay de mi, nada rescaté.

Mientras recreo las ideas, también siento la comodidad del barrio; hace poco, en una clase nos hicieron dar un discurso y hablè de mi barrio, desde ahí que nadie me ha venido a ver, y es que conté lo lindo y lo feo que era vivir acá y la conclusión era la misma indefinición constante de no saber si me gusta o finalmente mi barrio.

Tardes como hoy, o de verano en general, me gusta bastante, hay lindas casas y pasto y árboles; además, se está dando una extraña, pero rica migración de pájaros, antes había sólo gorriones y con malos ojos vimos llegar a las palomas, pero luego, apareció un zorzal solitario que se dio cuenta de lo cómo de vivir acá y trajo a sus compañeros (que son tan patudos que se paran en los espejos de los autos y no se arrancas de la gente, son geniales); aparte, llegaron varias parejas de tórtolitas, que en las mañanas y en las tardes se forma un concierto bien bonito, estridente, pero armónico.

Además, es agradable salir a caminar por harto parque, encontrarse con más gente que pasea a sus perros y recordar cuando desde mi casa se veía la carretera y el templo votivo de Maipú, ahora hay que conformarse con la luminaria que produce el esconderse del sol detrás de los edificios.

Pero llega la noche del sábado y la botillería de la esquina y los drogos y el invierno y no poder llegar muy tarde. No hay que ser mal agradecida y no desconocer que igual la música se acaba cerca de las 3 de la mañana; quizá toda la alaraca venga de mi trauma de cuando mataron al tipo a mis oídas y a tener miedo de que roben la bicicleta.

A parte de eso, los vecinos (los de acá) son buenos, hay almacenes con pan rico, hay harto árbol para capear el calor y hay recuerdos y sacadas de pica de que son pocos los niños que salen a jugar a la calle como lo hicimos nosotros... pucha que me gustaba jugar al tombo.